cuantos con poder envisionaron que, uniendo fuerzas de mercenarios, vagos, gente leal a ellos y hasta gente bien intencionada -i.e. inculcando la codicia y credulidad-, podían obtener ventajas inmensas, dominando una tierra de un modo que no podrían en las más comunicadas Asia y África. Pongo fragmentos de una pequeña historia que leí el día de ayer, donde figura el amor tipo apache entre la "madre patria" y nuestro país (con todo y lo que argumenten estúpidamente algunas personas en considerar o no a España como tal). La historia es sobre la noche triste y un soldado de ojos azules corriendo con su morral lleno de oro:... Llovía, pensó el soldado, como si el dios Tláloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo... lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde... Cortés, con cara de funeral, no se había ido por las ramas: tenian que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último... Tiritando de frío bajo la lluvia, el soldado de los ojos azules terminó de atarse el saco de oro sobre el hombro izquierdo, se ajustó el barbuquejo del morrión, sacó la espada y echó a andar... Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda... Para morir anciano y honrado sin deber nada a nadie, porque hasta el último gramo de oro lo había ganado con su sangre, sus peligros, sus combates, su salud y su miedo... Sintió un hueco en el corazón, y antes de ser consciente de su pensamiento supo que pensaba en ella... Sólo era una india, se dijo. Sólo era una de esas indias. Las había a cientos, y ésta no tenía nada de particular. No era especialmente bonita ni especialmente nada. Pero él la encontró en el momento oportuno, al principio, cuando las relaciones entre españoles y mexicanos aún eran buenas. Se la había tirado como lo que era: una perra pagana. Se la había tirado disfrutándola, con rudeza. Sin embargo, ella le cobró afición al teule barbudo de ojos azules; volvió un día tras otro... Un día, ella le dió a entender que estaba preñada.. Luego se la calzó por última vez antes de echarla a patadas, a ella y al bastardo pagano que llevaba en la tripa... luego todo fué una carnicería espesa, tunc, y cling, y chas, carne desgarrada y golpes de maza y tajos de espadas, y el soldado oyó más gritos de españoles que morían o pedían clemencia mientras los arrastraban hacia los templos, y se dijo: yo no. El hijo de mi madre no va a terminar de ese modo... no podía dejar de pensar en ella. Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los Teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mí... Más indios, ahora no intentó escapar. Carecía de fuerzas, así que acuchilló resignado, una y otra vez, cuando la turba le cayó encima... Y gritó, claro. Gritó cuanto pudo, desesperado, de forma muy larga, muy angustiada, a medida que lo iban subiendo a rastras pirámide arriba... de pronto dejó de gritar porque la había visto a ella... Bum, bum, bum.Tiene huevos acabar así, pensó. Bum, bum, bum...Le quitaron el peto, el jubón y la camisa. Sentía un terror atroz, pero se mordió la lengua para no gritar, porque ella estaba allí, alrededor, en alguna parte... Varias manos le inmobilizaron brazos y piernas. Quizo rezar, pero no recordaba una sola palabra de maldita oración alguna... vio el cuchillo de obsidiana alzarse y caer sobre su pecho, con un crujido. Y en el último segundo, antes de que la noche se cerrara en sus ojos, aún pudo ver latir en alto, en las manos del sacerdote, su propio corazón ensangrentado. Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules.
Fragmentos de OJOS AZULES, de Arturo Pérez-Reverte. Seix Barral.
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